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Siglo XXI del cine cubano, ¿ciencia ficción o realidad inmediata? II Parte

Por Alder Soto
Poéticas más intimistas y ampliamente elaboradas aparecen a partir del 2007: La edad de la peseta, de Arturo Infante, con una plasticidad y una dirección de arte encomiables; Madrigal, de Fernando Pérez, donde se desbordan una sensación de sentimientos intimistas y liricidad sobrecogedora. Además es imprescindible destacar que ha sido este último filme, tal vez, el más polémico desde que comenzó el presente siglo. Personal belongings, de Alejandro Brugués, cae redundante en el tema de la emigración con sus baches y su poco aporte al tópico.
El cine de acción, policiaco y belicista ve su momento en Omertá, Kangamba, y Ciudad en rojo. La primera, dirigida por Pavel Giroud, es sin más preámbulos una película de mafia a lo cubano, remake de añoranza por los grandes policíacos seriados Día y noche. Kangamba (Rogelio París) recrea la epopeya protagonizada por cubanos y angolanos en la guerra de Angola, en agosto de 1983. Ciudad en rojo (Rebeca Chávez), viene a ser una relectura de la novela Bertillón 166 y “plantea una reflexión sobre la violencia desde aquellos que no tienen vocación por la violencia, de quienes se ven empujados a ella” (www.cubacine.cult.cu).
Verdaderas joyas de nuestro séptimo arte hacen su entrada entre el 2009 y el 2010: Los dioses rotos (Ernesto Daranas), El premio flaco (Juan Carlos Cremata) y José Martí: el ojo del canario (Fernando Pérez). Los dioses… re conceptualiza el mito del Yarini habanero, el proxeneta más famoso de San Isidro. No obstante más allá de la anécdota, esta es una trama de valores enfrentados; una reflexión en torno a la perspectiva ética y moral de los personajes, donde los tópicos “positivos” y “negativos” no resultan sencillos de etiquetar.
El premio… es una adaptación brillante de la pieza teatral de Héctor Quintero al séptimo arte. Dos lenguajes –teatral y cinematográfico- se conjugan para integrarse dentro de sus propias diferencias. Alto sentido melodramático y emotivo, surge a partir de una Cuba en los albores de la década de los 60, justo antes del triunfo revolucionario. La locación casi teatral de la trama permite enfocar los sentimientos abrumadores del personaje protagónico ante un mundo salvaje y aparentemente desprovisto de esperanzas. Logra Cremata penetrar en la psiquis del espectador arrastrándolo a un abismo matizado por la desaliento y los tonos grises oscuros de la vida.
José Martí: el ojo… visiona el mundo humanizado de ese personaje histórico que se ha tornado casi un tópico de podio inalcanzable. La figura de Martí vista desde su niñez y su adolescencia no raya en la biografía al héroe y al poeta, sino en un viaje sensibilizador sobre alguien que también fue un hombre. El alma de la película se respira en todos sus componentes: imagen, sonido, guión, dirección de arte, edición y la mano de Midas de Fernando Pérez. A pesar del realismo y la clásica estructura del filme, el director no se desprende de su acostumbrado simbolismo y recurrencia a la metáfora: integra ambos como guiños perceptibles de su sello íntimo y diferenciador.
No sería arriesgado afirmar que el decenio 2000-2010 se ha convertido en un incipiente laboratorio cinematográfico en la historia del cine cubano. Los veteranos se lanzan junto a la nueva generación a la experimentación y al reencuentro de poéticas actualizadas. El riesgo y la creatividad parecen anclar con profundidad progresiva en una nueva manera de imaginarse el cine. Hoy, surgen más preguntas que respuestas. Las interrogantes no paran de sorprendernos frente a filmes como La piscina, Larga distancia, Y, sin embargo. Quizás, y sólo digo quizás, las respuestas a estas interrogantes encontrarán sus propias respuestas en el futuro aún incierto del recién empezado siglo XXI.

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