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El Dragón de oro

Posted in Teatro on 22 Agosto 2012 by diablocojuelo

Por Alder Soto

Habrá vidas que converjan con otras y dejen huellas en el destino de quienes las viven. Huellas que tal vez ayuden a una existencia exitosa; huellas que derrumben sueños y aspiraciones; huellas que serán profundas, pero solo podrán ser palpables en la oscuridad de la noche. Varias historias pasaran desapercibidas, pero cada una tendrá su punto de encuentro con las otras y descubrirán que forman parte de un tronco en común, de un entrelazado en el que para subsistir necesitan la vitalidad de las otras. Nuestras vidas aisladas no son más que interpretaciones vulgares de una vida superior. Basada en esta filosofía de vivir, Teatro de la Luna  trae a escena en el Festival de Teatro de Camagüey ¨El Dragón de Oro¨, una puesta de Raúl Martin, sobre la original de Roland Schimmelpfennig, quien en estos momentos, es el dramaturgo contemporáneo alemán más representado en el mundo.  Una trama que quizás podría caracterizar a una sociedad específica, realmente va más allá del regionalismo, porque su verdadero logro es representar los más disímiles conflictos de los que pueden ser víctimas una sociedad cualquiera. No se enmarca en tal o mas cual ciudad, se mueve a través del tiempo, rompiendo con la realidad a la que estamos acostumbrados; entrelazando moralejas de personajes de fábulas con protagonistas de novelas realistas. La obra, desarrolla su hilo dramatúrgico  en el restaurant El Dragón de Oro, donde situaciones, a lo sumo triviales a los ojos del espectador, parten como  líneas  telefónicas a distintas residencias donde se desenvuelven situaciones secundarias, que aparentemente conservan su independencia dramatúrgica y no parecen influir en el desarrollo de las otras.  

Pero esto, realmente no sería más que una visión un poco adelantada y un sinnúmero de conclusiones apresuradas. Como toda obra de teatro que aspire pasar a la posteridad, esta hilvana de forma lógica e inteligente las circunstancias en las que se ven atrapados los personajes, lo que le da la posibilidad de llegar a soluciones, que podrán ser erradas o acertadas. Claro, todo dependerá de la psicología del autor y  su capacidad para justificar en cada momento el motivo de su decisión.

Sin embargo, siempre se ha dicho y es una realidad más que comprobada, que no importa cuán bueno sea un libreto, si los actores no captan la esencia del personaje; si no son capaces de superar  las situaciones a las que se enfrentan, entonces todo será en vano, irremediablemente no quedará mucho que decir a su favor para futuras valoraciones. Claro, este no es el caso de la obra llevada a escena por Teatro de la Luna. Hace un tiempo atrás, en el pasado Festival de Teatro de Camagüey (ocasión de la cual lamento algunos pasajes) tuve la oportunidad de disfrutar por vez primera una de las obras de este grupo. Recuerdo que en aquel certamen presentaron La primera vez, obra de teatro que se llevó algunos galardones, muy bien merecidos por cierto. De vuelta hoy, el elenco compuesto por: Liván Albelo, George Luis Castro, Olivia Santana, Yordanka Ariosa y Yaité Ruíz, juegan de una forma extraordinaria con los roles que les tocan desempeñar; el mérito está precisamente en esa maestría para desdoblarse en personajes diametralmente opuestos, que no guardan relación alguna entre sí por las diferencias abismales, a veces entre el género de uno u otro personaje, ora  por el grado de complejidad  en la actuación.   Otro de los logros, por el cual felicito a Raúl Martín, fue el de aprovechar al máximo el espacio en el que se mueve toda la obra en general. Sí, porque no solamente estamos hablando del restaurant, también hay escenas que desarrollan su conflicto en zonas aledañas al mismo y mediante los chinos que trabajan en la cocina del Dragón de Oro, conocemos los detalles de cada uno de ellos. Una escenografía verdaderamente armónica, que no desdeñó la importancia de las luces y aunque con una ambientación bastante austera, combinó efectos de luz y penumbra con precisión casi asombrosas. No es justo dejar de mencionar que otros detalles como la música y el diseño de vestuarios y tocado, se ajustan perfectamente al ritmo dramatúrgico, y aún más, cubren sin atiborrar las necesidades de la puesta en escena.  Subrayamos que esta es una obra, donde estatus sociales diferentes y circunstancias contrastantes llegan a confrontarse para demostrar que a veces la vida, algo tan común y desesperante a la vez, puede acabar de la manera más dolorosa o de forma tan sencilla; o simplemente continuar con lo que acostumbramos por comodidad, si se prefiere, a llamar nuestra existencia. 

La comparación alegórica que se lleva a cabo con la muy conocida fábula de La cigarra y la hormiga, es un recurso en sí bastante ingenioso; pero más ingeniosa aun, es la extrapolación de la misma hacia una realidad latente tan antigua como la propia humanidad. La moraleja es bastante conocida: quien no trabaja, no come. Pero, ¿en qué parte de la obra aparece la tan venerada compasión de la que se hace gala en los cuentos? Claro, aquí la cosa es diferente; la salida para continuar subsistiendo es la de  entregar su cuerpo por migajas, por sobras que no le satisfarán su espíritu. De cierta forma el personaje se convierte en una víctima, un objeto que es usado sin compasión. Es evidente la clara intención de mostrar la otra cara de la moneda, en la que a diferencia de los cuentos, puede ser bastante cruda. No obstante, la enseñanza es la misma. A quién entonces podemos culpar de nuestros desazones en la vida? Tal vez, la respuesta no es tan sencilla. Nos esforzamos tanto en culpar al destino de nuestros intentos fallidos de alcanzar los sueños y anhelos, que olvidamos completamente  la parte de culpa que tenemos. Definitivamente, esta es una obra que carga con la responsabilidad de hacer reflexionar al público; de llevar más allá de nuestras concepciones la realidad vista a través de personas que viven una vida tan común como la nuestra.